Philip Roth y la epopeya de los judíos en América

philip roth

Escrito por  Mercedes Monmany. 

Durante décadas, Philip Roth fue el rey absoluto de la literatura americana, su cabeza de serie. Durante décadas también, una y otra vez, se le negó el Premio Nobel, hoy en una crisis sin precedentes. Un Premio que, empeñado en lo políticamente correcto, no veía con demasiado simpatía a Roth, uno de los blancos predilectos y recurrentes de las feministas americanas, junto al poeta Ted Hughes, marido de Sylvia Plath.

   Philip Roth compartía apellido con otros dos grandes autores judíos del siglo XX: el austrohúngaro, nacido en Galitzia, Joseph Roth, y el no menos magnífico Henry Roth, nacido en esa misma región del este europeo pero llevado de niño a Estados Unidos. El mismo lugar de procedencia por cierto de la familia de Roth, emigrada a comienzos de siglo, como tantas otras familias judías que huían de los pogromos, de la precariedad más absoluta y de imposibles futuros. Algo que contaría el crítico Irving Howe en su gran clásico sobre la epopeya judía de la emigración que es World of Our Fathers: the Journey of the East Europe Jews to America. También lo contaría otra importante autora judía americana, Susan Sontag, en su espléndida novela En América (Alfaguara).

  Henry Roth fue el autor de un brillante e influyente debut narrativo, Llámalo sueño, que continuaría con el ciclo novelístico A merced de la corriente salvaje (Alfaguara), donde se narraba precisamente la llegada de aquellos judíos, instalados principalmente en el East Side, que acudían aún a las funciones de teatro yiddish (un caldo de cultivo importante para el humor judío americano desde Philip Roth a Woody Allen) y que hablaban una singular lengua de tránsito de los primeros llegados, mezcla de yiddish e inglés, como más tarde pasaría con el spanglish.

    Philip Roth, junto al Premio Nobel de Literatura de 1976 Saul Bellow, fueron durante mucho tiempo los nombres más internacionales de la literatura judía de los Estados Unidos. Con casi 30 años de diferencia, las obras de Roth, como es el caso del desternillante El lamento de Portnoy (1969, Portnoy’s Complaint) significaron desde el principio un revulsivo cómico, incisivo y provocador, continuamente mezclado con datos de su propia autobiografía (y con famosos alter egos como Nathan Zuckerman) que exploraban turbulenta y cáusticamente desde complejos, sexualidad explícita, religión y judaísmo enfrentado a la comunidad mayoritaria wasp que dominaba todo. Un choque notable que vivían estas familias judías de emigrados. Por su parte, sus famosos antecesores, como es el caso de Bellow, autor de una de las más importantes obras del siglo XX, Herzog (1964), en torno a un inolvidable héroe tragicómico, el profesor Moses Herzog, hijo de emigrantes, o si no Bernard Malamud, nacido en 1914 en el barrio de Brooklyn, uno de los centros judíos por excelencia, hijo a su vez de emigrantes judíos huidos de la Rusia zarista, incluyeron en sus obras (como es el caso de El hombre de Kiev) no pocas veces el tema del recuerdo de un feroz y cruento antisemitismo del que habían huido los suyos. Ese sería también el caso de la escritora Cynthia Ozick, otra de las grandes autoras judías americanas, con excelentes novelas como El Mesías de Estocolmo, basada en la figura de Bruno Schulz, el gran escritor polaco asesinado por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial.

     La nueva generación actual de escritores judíos, en algunos casos de proyección universal, se percibe más deudora de la singular maestría y de las atmósferas entre grotescas, metafísicas y kafkianas de Paul Auster y sus laberínticas peripecias, que de la generación anterior. Con materiales muy diversos que van desde los atentados de las Torres Gemelas, las dictaduras latinoamericanas de los 70 o la búsqueda de las huellas de aldeas judías desaparecidas en Ucrania tras la Segunda Guerra Mundial, no por ello dejan de tocan nunca la dolorosa experiencia de la condición judía enfrentada a una no poco común ofensa antisemita. Ese es el caso de estupendos narradores como Michael Chabon (El sindicato de policía yiddish, Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay, Mondadori), Nathan Eglander (Para el alivio de insuperables impulsos humanos, Ministerio de casos especiales, Random House), Jonathan Safran Foer (Todo está iluminado, Tan fuerte, tan cerca, Lumen) o Nicole Krauss (La historia del amor, La gran casa, Salamandra), por citar sólo algunos de los más conocidos.

                                        

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