Jerusalén y el Islam

Vista de Jerusalem

Jerusalen conoció la gloria y la trascendencia sólo bajo el gobierno de los judíos, que la aman con su mente y su corazón. Por eso Winston Churchill confesó en 1955: “Debemos dejar que los judíos se queden con Jerusalén; sólo ellos la hicieron famosa”.

Se atribuye a Tertuliano la expresión Credo quiaabsurdum (creo porque es absurdo). Esta frase viene a cuento al repasar las argumentaciones que pretenden separar a Jerusalén de la historia y el alma judías, por parte de algunos políticos y religiosos musulmanes.

Hace más de 3000 años el rey David conquistó un villorrio jebuseo que existía sobre el monte Moria. Su ubicación estratégica le permitía gobernar mejor los extendidos territorios que ganaba merced a su genio guerrero. Además, pese a la altura, tenía suficiente provisión de agua. Allí instaló la capital política, militar y religiosa del país. También creó un colegio de escribas para cronicar los sucesos de su agitada vida, al extremo de no escatimar hasta sus pecados y graves conflictos familiares. La crudeza de estos documentos inducen a considerarlos bastante objetivos. Su hijo Salomón construyó el famoso Templo, donde se guardó el Arca de la Alianza. Desde entonces Jerusalén fue internalizada en el corazón del pueblo de Israel. Cuando se produjo su primer exilio –el de Babilonia-, dolientes salmos cantaban melancólicos: “Si te olvidase, oh Jerusalén, que se paralice mi diestra y seque mi lengua”.

El regreso a su amada tierra (unos 5 siglos A.C) estuvo concentrado en la redención de Jerusalén y luego en la reconstrucción del Templo. Luego, su furiosa resistencia contra los romanos fue una epopeya estremecedora. Pese a la derrota aplastante, los judíos protagonizaron más adelante otro levantamiento, el de Bar Kojba, que movilizó a los mejores generales del imperio y gran cantidad de tropas. Tan tesonera fue la lucha judía que el emperador Adriano ordenó cambiarle el nombre a Jerusalén por el de Aelia Capitolina y el de Judea por Philistina (que después se convirtió en Palestina, y hacía referencia a los ya inexistentes enemigos filisteos).

Nadie ignora que Jerusalén acompañó la larga noche de la Diáspora como una patria portátil. El poeta español Yehuha Halevi (uno de los primeros en escribir castellano), redactó sus maravillosas Siónidas y viajó a Jerusalén, para caer asesinado junto a sus murallas. Maimónides hizo su peregrinaje antes de instalarse en Egipto y el sultán Saladino le ofreciera crear una zona judía autónoma en la tierra de la Biblia.

Nunca los judíos abandonaron por completo a Jerusalén, como lo atestiguan viajeros de todos los siglos, antes y después de las Cruzadas. Decenas de sinagogas fueron construidas y reconstruidas. El Muro Occidental del Templo (último resto del que construyó Salomón) se convirtió en el Muro de las Lamentaciones. El anhelo de revivir la gloria de Jerusalén era permanente, excitante y concreto. No se trataba de la Jerusalén celeste, como enseñaban los cristianos, sino de la real, la que se encuentra en el centro de la Tierra de Israel.

Jerusalen conoció la gloria y la trascendencia sólo bajo el gobierno de los judíos, que la aman con su mente y su corazón. Por eso Winston Churchill confesó en 1955: “Debemos dejar que los judíos se queden con Jerusalén; sólo ellos la hicieron famosa”.

Pero ahora los árabes y millones de musulmanes se empeñan en afirmar que “los judíos no tienen ningún derecho” sobre ella, como manifestó el sheik Al-Tamimi, jefe de los tribunales religiosos islámicos de la Autoridad Nacional Palestina. El director de la Universidad Al-Quds aseguró, además,  que “los tesoros arqueológicos de Jerusalén enfatizan su condición árabe y refutan que sea judía”. El ministro de Agricultura palestino, Mahmud al-Habbash llegó al colmo: “Los judíos se basan en mitos e invocan la religión judía, a pesar de que los judíos verdaderamente religiosos creen que el Templo nunca estuvo en la Ciudad Sagrada”. Ultimamente insisten que el Muro Occidental no pertenecía al Templo, pese a la abundancia de pruebas y dicen que es la muralla de la mezquita Al-Aksa, donde Mahoma ató a su caballo volador. No pueden (ni aceptan explicar) cómo las piedras típicas del período herodiano fueron instaladas donde se construyó esa mezquita, muchas décadas después de Mahoma. Credo quiaabsurdum.

En realidad, a los musulmanes sólo les interesan las dos mezquitas construidas sobre el monte del Templo salomónico, levantadas allí precisamente porque era el lugar de ese sagrado edificio. Esto ha pasado en todos los lugares del mundo: los conquistadores erigen su nuevo templo sobre uno antiguo, y las capas arqueológicas se ocupan de testimoniarlo. Pero el resto de la ciudad no interesó a los musulmanes. No, para nada. Jamás la proclamaron capital, ni siquiera cuando estuvo bajo el gobierno de Jordania. No la cuidaron ni embellecieron. Durante los 19 años que duró la ocupación jordana, nunca la visitó ningún rey, ni príncipe ni presidente musulmán. Inclusive prohibieron la libertad de cultos, porque los judíos no tenían acceso al Muro Occidental ni a las sepulturas del Monte de los Olivos. Frente al Muro de las Lamentaciones sólo había excrementos.

Israel, luego de la Guerra de los Seis Días, en cambio, entendió por dónde pasaba el interés musulmán y lo atendió con una generosidad admirable. En efecto, concedió el control del monte del Templo y sus dos mezquitas al Wafq musulmán, es decir a su autoridad religiosa máxima. Lo hizo pese a que abajo están las ruinas de los inolvidables templos que destruyeron los babilonios y lo romanos. Fue un gran contraste con los años anteriores, cuando la libertad de culto, inclusive para los cristianos israelíes, estaba prohibida por parte de los árabes.

¿De dónde provienen las reivindicaciones musulmanas sobre esta ciudad judía por excelencia, en la que fueron minoría (¡fueron minoría!) casi todo el tiempo, como prueban censos del Imperio Otomano? La respuesta se basa en un solo versículo del Corán, que luego fue desarrollado por coloridas tradiciones. La Sura (capítulo) del Corán a que hago referencia lleva el número 17 y su primer versículo reza: “Glorificado sea Alá, quien durante la noche transportó a su siervo el Profeta, desde la sagrada mezquita a la mezquita más lejana, cuyo ámbito bendijimos para mostrarle algunos de nuestros milagros”. Eso es todo, porque la Sura prosigue con otros temas. Cuando los árabes conquistaron la región, tras la muerte de Mahoma, interpretaron que “la mezquita más lejana” (Al-Aksa) era Jerusalén. Pero otras versiones dicen que esa mezquita era el cielo, desde el cual podía ver los milagros de Dios. Nada indica que el Profeta haya visitado algo de Jerusalén en esa noche.

El desarrollo de la leyenda creció fuera del Corán e integra el cuerpo de los Hádices, una voluminosa recopilación de frases, hechos y conductas de Mahoma que, antes de ser consagradas como verdaderas, pasaron por intensos debates, lo cual quita firmeza de documento a muchas de ellas. Lo cierto es que la conquista de la Tierra de Israel puso a los árabes en contacto con el sitio donde había brillado el Templo de Salomón. Abd el Malik, noveno califa, construyó casi setenta años después de la muerte del Profeta el bellísimo Duomo de la Roca en torno a la piedra donde se suponía que Abraham iba a sacrificar a su hijo, Jacob tuvo el sueño con la escalera llena de ángeles, estuvo el Sanctasantorum con el Arca de la Alianza y se supuso que Mahoma ascendió a los cielos. Años después la dinastía omeya levantó la mezquita de Al-Aksa, la más grande de Jerusalén, que se desmoronó por sucesivos terremotos y fue reconstruida cinco veces. Los cruzados la convirtieron en un palacio y llamaron “Templo de Salomón”. No queda por lo tanto definido si el ascenso a los cielos tuvo lugar desde Al-Aksa o desde la piedra del Duomo. La narración es bella y no puede ser refutada con argumentos racionales. Anticipa las inspiradas maravillas de Las mil y una noches.

En síntesis, el relato cuenta que mientras dormía Mahoma en La Meca (sagrada mezquita), fue visitado por el ángel Gabriel. Le extrajo el corazón y lavó para extraerle todos los elementos negativos e impregnarlo de valores. Fue devuelto a su pecho y suturado sin dejarle cicatriz. Luego se presentó un animal fabuloso llamado Buraq, que posiblemente deriva del hebreo y significa rayo, blancura extrema. Su cuerpo oscilaba entre el burro y la mula, con hermoso rostro de mujer y poderosas alas de águila. Mahoma lo montó y, acompañado por Gabriel, fue llevado con la velocidad de la luz hasta la mezquita más lejana. Es claro que en Jerusalén no había mezquita alguna todavía, y sólo podía referirse al antiguo Templo, si se descarta que esa mezquita lejana no eran los siete cielos a los que viajaba. Luego realizó su ascenso,  pudiendo ver y dialogar con profetas como Adán, Abraham, José, Moisés, Zacarías y Jesús, y contemplar una variedad de ángeles. Llegó por fin al trono de Alá, pero no se sabe si pudo ver su rostro. Alá le ordenó prescribir 50 oraciones diarias a los creyentes. En el camino de regreso Moisés le aconsejó retornar para solicitarle a Dios que las redujera a 5. Mahoma no se atrevió a semejante temeridad, pero escuchó que Alá decía que quien rece 5 veces por día recibirá una recompensa equivalente a 50. Entonces volvió a encontrarse con Gabriel y Buraq, para retornar a La Meca.

El viaje nocturno ha sido objeto de amplios desarrollos y versiones contradictorias entre los mismos musulmanes que sería largo desarrollar aquí. Algunos lo enriquecieron con otros episodios, como la copa de vino y la copa de leche que le ofreció Gabriel antes del ascenso, para comprobar la pureza de su espíritu. Otras dicen que fue un sueño, incluso breve, que tuvo sin salir de La Meca, pero con la fuerza de una revelación. Sobre el tema no habrá un acuerdo definitivo. Lo cierto es que ahora se usan con insistencia las versiones que confirman la importancia de Jerusalén para los musulmanes, elevada al tercer puesto después de La Meca y Medina. Es una competencia contra las abrumadoras pruebas históricas y culturales sobre los lazos de esa ciudad con Israel y los judíos.

Cuando se reunificó la ciudad luego de la Guerra de los Seis Días, se proveyó al sector Este -que agonizaba bajo el dominio jordano- de electricidad, agua, rutas, cloacas, jardines, centros de salud, colegios y una belleza edilicia que atrajo millones de turistas y peregrinos de todo el mundo. La antigua Jerusalén dividida pasó a ser la unificada y libre “Jerusalén de oro”. Entonces se despertó la envidia y avidez de los musulmanes. Lamento tener que ser crudo. Israel ofreció la ciudadanía israelí –con todos los derechos que ella significa- a los árabes que residen en su ámbito. Muchos la tomaron, pero otros prefieren, vía del resentimiento, un atraso que los fanáticos mitifican.

Para sintetizar, cabe hacer una pregunta simple: ¿a quién le importaría Jerusalén sin la intensa y colorida historia que le impregnaron los judíos, desde el Rey David en adelante? Incluso cabe señalar con la debida unción que Jesús, para dar cumplimiento a una profecía, atravesó sus murallas montado en una mula. Y que ya había visitado el Templo en su juventud. Las conmovedoras últimas etapas tuvieron lugar en esa ciudad y sus alrededores, cuando  no había la menor sospecha sobre el nacimiento del Islam. Los romanos tenían su capital en Cesárea, pero para los judíos, incluso para Jesús, la capital era Jerusalén. ¿Hasta cuándo el mundo civilizado seguirá soportando la bellaquería de querer separar a esta ciudad del país y pueblo al que pertenece, es decir Israel?

La gesta del marrano

La gesta del marrano

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

4 × tres =